La Columna de la Semana: Fue la frase que flotó durante la
mini cumbre de Davos y cuyo eco se extiende hasta hoy y se extenderá aún por
mucho tiempo. Ocurrió cuando uno de los potenciales inversores preguntó por el
futuro: “¿Por qué, esta vez, debemos creer?
Quedó
sin respuesta. O mejor dicho quedó sin ninguna respuesta afirmativa. Es que la
Argentina se asemeja en demasía a un niño travieso que rompe y deshace, y
pretende que lo perdonen rápido apenas formula alguna promesa de cambio.
Es
un país donde nadie se hace cargo del pasado. Mejor dicho de su respectiva
actuación en el pasado. Aún en el inmediato. Aquí, la historia comienza todos
los días. El pasado, pisado. A tal punto que el propio Papa Francisco se suma
–o encabeza- la lista de los borrones y cuentas nuevas.
El
problema es que el resto del mundo, sobre todo el mundo de los países más
exitosos, no piensa así. Opta por aquel viejo refrán que asegura que “quien se
quema con leche, ve una vaca y llora”.
La
“amnesia” puede resultar de suma
utilidad cuando de fronteras para adentro se trata. Más aún cuando si quién la
“ejerce” tiene cuentas pendientes o si, en la escala que se trata, quedó
inscripto entre los “favorecidos”, como beneficiario del esfuerzo de los otros.
Pero
no sirve, ni se ejerce, cuando de arriesgar dinero se trata.
En
otras palabras, las fiestas se pagan. Y se pagan más caras, cuando los
invitados pretenden continuar con la algarabía como si acá no hubiese ocurrido
nada.
Sin
dudas, el eventual próximo paro general de la dirigencia sindical, más allá de
las dudas sobre su efectiva realización, queda inscripto en los anales del
ejercicio de la “amnesia”.
No
se trata de discutir el derecho de huelga consagrado en la Constitución
Nacional, artículo 14 bis, sancionado por la Asamblea Constituyente de 1957.
Se
trata de guardar en la memoria los 14 paros generales de la CGT contra el
gobierno del presidente Raúl Alfonsín. O las complicidades con el kirchnerismo
en el poder, por ejemplo, en la guerra contra el campo. O el silencio frente a
la reciente detención del “Caballo” Suárez tras años de comportamiento mafioso
frente al transporte marítimo.
Se
trata de pretender ignorar que el desastre que dejó la delincuencia y la
incapacidad kirchnerista es un precio que la sociedad debe, inevitablemente,
pagar. Más aún, por tratarse de un gobierno electo.
Se
trata de, cuando menos, retrasar la eventual recuperación de la economía
argentina que muestra signos alentadores aunque incipientes. La inflación baja,
el empleo comienza a mostrar una recuperación, las obras públicas arrancaron.
Cierto
es que detrás de la amenaza del paro general, se ubican las reales demandas
sindicales, tales como una nueva escala del Impuesto a las Ganancias para los
trabajadores y un bono de fin de año que compense una eventual pérdida del
poder adquisitivo de los salarios.
Ambas
demandas resultan válidas. La primera porque se trata de desarmar ese Estado
presidido por la voracidad K en su afán de la doble búsqueda de una clientela
política entre los sectores más desprotegidos de la sociedad y de un
enriquecimiento ilícito de sus capitostes con los sobreprecios en las obras
públicas.
La
segunda, porque no contradice la correcta decisión del gobierno de no abrir
nuevas paritarias para los gremios que firmaron acuerdos anuales.
Es
posible y no estaría nada mal que el gobierno las acuerde. Solo resulta
objetable el método cuasi extorsivo. “Si no me das lo que pido, voy a la huelga
general, es decir política”.
No
resulta beneficioso frente a quienes, desde afuera o desde adentro, estudian la
posibilidad de invertir en la Argentina. Y, a esta altura del partido,
cualquiera sabe que sin inversión, no crece la producción, y sin mayor
producción, no se verifican nuevos puestos de trabajo.
Sociedad
Por
estos días, la Argentina que trabaja y estudia vivió asombrada la locura
desatada en una “fiesta” privada en una quinta alquilada en Trujuy, partido de
Moreno. Por las redes sociales, a los jóvenes que concurriesen se les aseguraba
una entrada más barata si portaban armas, drogas y alcohol.
Más
de quinientos jóvenes respondieron al llamado. Algunos ingresaron con la
“mercadería” necesaria para agenciarse una entrada más barata. Los otros fueron
prestos a consumir cuanto estuviese a su alcance.
Repasemos,
si concurrieron quinientos jóvenes, es posible imaginar que se enteraron del
“evento” y decidieron no ir, al menos el doble. Ergo, los jóvenes estaban
informados, pero la policía no, los fiscales, tampoco y los jueces menos.
Tampoco lo estaba el intendente K del partido de Moreno.
Demasiadas
casualidades para desconocer lo obvio. Tantas que dan mucho para pensar. Si el
aparato del Estado no está en condiciones de actuar preventivamente ante
delitos anunciados, no cabe otra explicación que se trata de delitos apañados
desde el propio Estado o, cuando menos, de zonas liberadas.
En
particular, en territorio bonaerense. Sin dudas, la lucha contra la corrupción
policial que lleva a cabo el gobierno de María Eugenia Vidal es en buena medida
la causante de estas “dudosas” conductas del aparato de seguridad del Estado.
Bienvenida
sea dicha lucha, aun a costa de episodios como los de Trujuy. Lo contrario es
aceptar la conducta del gobierno anterior, mejor dicho del desgobierno de
Daniel Scioli. Se trató, entonces, de pactar con los corruptos a cambio de
evitar “fusilamientos” como los de Kosteki y Santillán que dejaron a Eduardo
Duhalde sin candidatura presidencial.
Obviamente,
el gobierno de Scioli, como se ve por estos días, contaba con sobrados motivos
para pactar con el crimen organizado. A medida que salen a la luz actos de
corrupción como los del IOMA, la obra social de los empleados públicos de la
provincia de Buenos Aires y de sus municipios, la necesidad de una alianza
mafiosa resultaba indispensable.
Al
mismo tiempo, era necesario hacer creer que algo se hacía. En el seno de un
gobierno que minimizaba –la famosa “sensación” de Aníbal Fernández- el delito,
en particular el narcotráfico, se incorporaba masivamente policías en todos los
distritos.
Claro
que se trataba de policía con solo tres meses de formación. Era el colmo de la
improvisación. Revela un estudio reciente que más de la mitad de los nuevos
policías no están en condiciones de actuar frente a situaciones de cierta
gravedad. O sea, puro humo.
De
allí que lo de Trujuy no debe sorprender a nadie. En todo caso, revela un
modelo de sociedad en crisis. Tanto como la decisión de no pocos ciudadanos de
defender sus bienes y su vida y de hacer justicia por propia mano.
Política exterior
El
presidente Mauricio Macri puso como objetivo central de su gobierno, reinsertar
a la Argentina en la comunidad internacional.
No
le es sencillo. Tras doce años de denostar a los organismos internacionales, de
gesticulaciones “anti imperialistas”, de deudas que no eran saldadas, la
Argentina no goza del prestigio que depara un país serio y creíble, más allá
del grado de desarrollo alcanzado.
Macri
intenta, pues, hacer todo cuanto no se hizo previamente. Mantiene buenas
relaciones con Chile, Uruguay y Paraguay. Acepta el cambio legal –vale la pena
repetirlo, legal- de Dilma Roussef por Michel Temer. Y busca el acercamiento
con la Alianza para el Pacífico, bloque subregional que integran Chile, Perú,
Colombia y México.
Por
el contrario, se aleja de las mal llamadas naciones “bolivarianas” encabezadas
por la Venezuela de Nicolás Maduro, empeñado en cualquier trampa para no perder
el poder, e integradas por Ecuador, Bolivia, Cuba y Nicaragua.
Si
lo de la Alianza para el Pacífico muestra un contenido económico, junto con el
político de las naciones moderadas y creíbles, el presidente reconoce que
resulta imprescindible avanzar en la relación con los países centrales,
afianzar los lazos comerciales con China y no dejar de mirar a algunos países
árabes como proveedores de hidrocarburos.
Por
tanto, Macri viaja. Viaja mucho. Va a la Cumbre de Davos, en Suiza. Recorre
capitales del mundo. Arma su mini Davos, contradictoriamente, en el Centro
Cultural Néstor Kirchner –recordar la pregunta del principio de la columna- y
utiliza la tribuna que brinda la inauguración de la Asamblea General de las
Naciones Unidas que, año a año, se abre a los jefes de Estado y de Gobierno del
mundo.
Y
allí cometió el error. Anunció que el gobierno británico, por boca de su primer
ministro, Theresa May, estaba dispuesto
a reiniciar el diálogo con la Argentina por las Islas Malvinas, con el problema
de la soberanía incluido.
Macri
confundió un diálogo informal con un acuerdo que, cuando mínimo, debe ser plasmado en una declaración común.
Error de principiante, sin duda. Sobreactuación frente a las críticas
provenientes del pseudo nacionalismo que exhiben ahora los K y que no
exhibieron cuando de pactos con Irán se trataba.
También
lo persigue la campaña que desarrolla la ministra de Relaciones Exteriores,
Susana Malcorra, para suceder a Ban Ki Moon en la secretaría general de las
Naciones Unidas.
Malcorra
no parece convencer. En la última votación quedó séptima con el portugués
Antonio Guterres en primer lugar y el eslovaco Miroslav Lajcak. En la próxima,
la quinta, puede quedar afuera.
Lo
de Malcorra plantea el clásico problema de la política argentina de los saltos
de un cargo a otro, en este caso internacional. Ni aún con voluntad extrema
resulta posible diferenciar, en este caso, los intereses nacionales de los
particulares. De allí que, para algunos, el apuro en corregir los dichos de
Macri que exhibió Malcorra tras el fallido sobre Malvinas se debió a evitar un
posible veto británico.
Como
sea, la noticia más importante en materia de política exterior consiste en el
retorno de las auditorías del Fondo Monetario Internacional (FMI) en cumplimiento
del artículo IV del reglamento del ente que la Argentina suscribió, nunca
repudió, pero no cumplió en la época K.
Obviamente,
con los Kirchner en el gobierno, no cumplir con la carta orgánica del FMI
generaba adhesión entre los anti imperialistas de pacotilla que pululan por la
República Argentina.
En
rigor, para los K se trataba de terminar con las estadísticas, de impedir las
auditorías que hubiesen anticipado el desastre que se avecinaba y de evitar las
alertas sobre contrataciones y obras públicas. El país perdió entonces la
posibilidad de acceder al crédito externo.
Economía
La
delegación del Fondo Monetario Internacional mantuvo su primera entrevista con
el presidente del directorio del Banco Central, Federico Sturzenegger. Luego
continuó con los técnicos del Banco para analizar las metas de inflación para
el 2017, la política monetaria y la situación financiera de la Argentina.
Para
el gobierno argentino, el resultado de la auditoría representará dejar de
pertenecer al minúsculo grupo de Estados donde el FMI está impedido de actuar.
Se trata de Somalía, Siria y la República Centroafricana, los tres estados
fallidos con guerras internas, la cerrada dictadura de Eritrea y el Estado
cuasi quebrado de Venezuela. Cuba y Corea del Norte no forman parte del FMI.
Hasta allí, los K llevaron a la Argentina.
Junto
a la llegada de la delegación del FMI, el gobierno elevó al Congreso Nacional,
el Presupuesto de Gastos y Cálculo de Recursos correspondiente al 2017.
Todos,
salvo los K, coinciden en que, por primera vez, en muchos años, se trata de un
presupuesto realista. Claro que realista no significa nada en particular. Solo
que no se miente como en años anteriores para después manejar partidas que no
figuraban en el cálculo original.
Se
trata de puro gradualismo. Y cuando de gradualismo se habla, es que se apuesta
por un crecimiento de la economía que permita contener las variables. Porque si
la economía crece, crece, por ejemplo, la recaudación tributaria y, por ende,
el Estado se ve menos obligado a emitir o a endeudarse para atender gastos
corrientes.
Así,
el crecimiento de la economía fue estimado –para el 2017- en un moderado 3,5
por ciento anual; con un déficit fiscal, aún altísimo, del 4,24 por ciento del
PBI; con una inflación máxima del 17 por ciento anual y con una cotización
promedio del dólar, estimada en casi 18 pesos.
Para
los analistas económicos, las metas resultan cumplibles con alguna variación.
La principal está en la proyección de la inflación. Hablan de un 22 por ciento
frente al 17 máximo que postula el gobierno.
Además
de pagar los gastos corrientes de la administración, el Presupuesto 2017
muestra que el gobierno resolvió priorizar la obra pública en materia redes
cloacales, rutas y autopistas, redes ferroviarias, entre otras.
También
el Presupuesto contempla la puesta en marcha del Plan Belgrano que encabeza el
radical José Cano y que representa una fuerte inversión estatal en
infraestructura en las provincias del NEA y del NOA.
En
la contracara, para cumplir las metas previstas, el Estado Nacional deberá
tomar deuda por 38 mil millones de dólares.
Con
todo, la respuesta al interrogante inicial acerca de por qué esta vez hay que
creer no está en manos del gobierno. Queda para la ciudadanía argentina cuando
vote en octubre del 2017.
*Periodista y Militante Radical en CAMBIEMOS.

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