Parece que a todos les entró la prisa. Por
disímiles –muy disímiles- razones, pero todos andan apurados como si la cosa
fuese a concluir en el curso de la semana que viene o del mes que viene, a lo
sumo.
Gobierno
y oposiciones muestran reacciones frente a la realidad que pretenden, mediante
“milagreros” giros políticos, torcer o alterar el rumbo aunque,
inexorablemente, siga su curso.
A
esta altura del partido queda en claro que la aparente “grieta” entre los
sectores dirigentes de la Argentina se traslada, cada día más a la sociedad. El
violento corte de la Autopista Buenos Aires-La Plata del miércoles pasado, con
ataques a automovilistas, robos y daños y la más que tardía represión así lo
demuestran.
No
obstante, los coqueteos y las especulaciones de gobernantes y opositores siguen
su curso como si nada ocurriese fuera de los despachos y las oficinas. De a
poco, una vez más, comenzamos el desaprensivo baile del Titanic.
El
apuro consiste, entonces, en adelantar tiempos. Todos quieren llegar cuanto
antes a octubre 2017, aunque aún resten 14 meses para que ello, efectivamente,
ocurra.
Los
dirigentes políticos argentinos se empeñan en vivir “tiempos políticos” cuando
la sociedad está preocupada por el presente y el futuro inmediato. Quieren
hacer proselitismo, cuando es momento de trabajar, de producir, de capacitarse.
Y
en ese terreno, no son pocos, por no decir la mayoría, quienes especulan con
sus propias candidaturas que anteponen, pese a dichos y relatos, a cualquier
otra circunstancia.
Sí,
claro. Las motivaciones son bien distintas. Para unos se trata de alquimias
electorales. Para otros, de la desestabilización necesaria al solo efecto de no
acabar tras las rejas. Para el resto, de hacer olvidar un pasado K y, si es
posible, de llevarse la mejor tajada del conglomerado titulado peronismo.
Nadie
parece estar a la altura de las circunstancias. De un país que intenta emerger
de la situación en que quedó tras el gobierno por más de una década de una
asociación ilícita, embanderada en un populismo destructivo no solo de la
economía, sino de los valores éticos que rigen para la convivencia pacífica.
Estamos
ante un nuevo relato. No, claro, el morboso anterior que mientras hablaba de
antiimperialismo y de antioligarquía se apropiaba indebidamente de la renta de
los argentinos. Sí, en el aparentemente ingenuo enunciado de la unidad
nacional.
No
hay, no puede haber unidad nacional con los corruptos, con los delincuentes,
con los que apañaron el narcotráfico, con los que justifican la violación de
las leyes, con los que siembran odio, con los que se niegan a vivir en paz.
No
hay, no puede haber unidad nacional entre republicanos y anti republicanos o
populistas. No hay así progreso posible. Si existiese, sería una unidad
nacional falsa o, cuando menos efímera. Tal vez después de los sucesos de la
Autopista Buenos Aires-La Plata, el gobierno tome conciencia.
Es
que se trata de dos modelos de país opuestos y contradictorios. En el uno, rige
la ley. En el otro, la voluntad del gobernante, siempre y cuando justifique sus
actos en un “supuesto” bienestar popular.
El
republicano cree, habitualmente, que no debe tener enemigos, sino adversarios.
Cierto, para todos quienes comparten el pensamiento republicano, más
conservador, más liberal o más socializante.
Pero
incorrecto frente a todos quienes buscan destruir el sistema. Más allá de las
características delincuenciales que suelen acompañar al populismo.
Por
supuesto, una enorme mayoría poblacional, despolitizada, oscila entre el
cumplimiento de las leyes y los cantos de sirena populistas. Puestos solo en
adversarios, los populistas cuentan siempre con ventaja.
Gas
barato, energía barata, diplomas sin exigencias, subsidios para todo, siempre
resultan atractivos aunque el resultado final desemboque en la Venezuela de
Chávez y Maduro, donde ahora se llegó al extremo de designar un general de
Ejército al frente de la distribución de cada producto de primera necesidad.
Así está el general del pan, el del papel higiénico, el de las bebidas sin
alcohol y otros disparates por el estilo.
¿Cómo
se combate el populismo? Con la ley, claro. Pero se lo combate.
El oficialismo
Por
lo general, y el kirchnerismo no resulta una excepción, el populismo cuenta con
ribetes delincuenciales. Tanta intervención estatal sin control genera,
indefectiblemente, la tentación de los enriquecimientos personales.
Claro
que con el kirchnerismo, la cosa crece exponencialmente. Todo el mundo sabe que
el caso de José López no es aislado, que Lazaro Báez y Cristóbal López fueron
testaferros, que el video de la Rosadita solo refleja una escena que se repitió
infinidad de veces.
Por
tanto, parece sencillo liquidar a la gavilla K a la hora en que perdió el poder
y, por ende, la impunidad.
¿Por
qué no se hace? Será posible exhibir mil excusas, como la de una justicia K que
opera en contra del esclarecimiento de los hechos y que no somete a juicio a
nadie.
No
es así. En el Consejo de la Magistratura los votos alcanzan para destituir a
los jueces de “Justicia Legítima” que anteponen sus compromisos personales por
sobre la aplicación objetiva de las leyes.
Debe
existir, por tanto, una decisión política del gobierno de prolongar el acecho
sobre los K, sin someterlos a juicio.
Del
reciente discurso del asesor de imagen del presidente Macri, Jaime Durán Barba,
en el plenario del PRO en San Juan, así se desprende.
Para
el consultor ecuatoriano, muy aplaudido y muy respetado dentro de las filas
PRO, el presidente conserva una imagen positiva superior al 60 por ciento, pese
a las medidas impopulares.
Luego
de citar otros ejemplos, llegó al quid de la cuestión: “no se debe caer en la
tentación de atacar a los adversarios”.
Seguramente,
en esa sentencia del consultor radica toda la táctica oficialista de convivir
con un kirchnerismo que pasó de la quietud a los anuncios apocalípticos y a una
incipiente acción directa en la pelea por la calle.
Ejemplo
de ello, mencionado más arriba, fue el corte violento de la Autopista Buenos
Aires-La Plata con protagonismo de Quebracho, o la reciente toma de un predio de
varias hectáreas en el partido de Moreno, gobernado por el camporista Walter
Festa.
En
ambos casos, luego de horas de corte y violencia y de días de ocupación
pacífica del predio, las fuerzas de seguridad debieron intervenir a
requerimiento judicial.
El
gobierno imagina que la presencia activa de Cristina Kirchner y de los K genera
un núcleo duro de votantes que, de otra forma, convergerían en opciones más
moderadas del peronismo.
Así,
frente a un peronismo dividido en dos o tres opciones, ganar las legislativas
del año próximo será más factible.
La apuesta no es menor, pero no
parece del todo válida. Es que un peronismo dividido en dos o tres opciones
conseguirá más diputados electos que un peronismo unificado, más aún si dentro
de ese peronismo aparecen los K.
Dividir al opositor es siempre
positivo, desde el costado de los resultados, cuando de una elección de cargos
ejecutivos se trata. No así, cuando el caso es de una elección legislativa. La
diferencia no parece haber sido tomada en cuenta por la conducción oficialista.
Para respirar tranquilo, el
gobierno debe buscar ganar la elección con la obtención de una mayoría propia o
al menos de una primera minoría de importancia en la Cámara de Diputados y con
un crecimiento de la bancada de Cambiemos en el Senado.
¿Es posible? Lo es en la medida
que la sociedad avale que las medidas impopulares –caso tarifas- son
consecuencia de los desastres del gobierno anterior y no de la “maldad
intrínseca” del actual, como pretenden hacer creer los K.
Y lo es aún más, si quienes
causaron el desastre van presos, producto de su delincuencia acreditada.
Es bueno, claro, que la inflación
haya entrado en una fase descendente, aunque habrá que ver que ocurre cuando se
conozca el cuadro tarifario tras las audiencias públicas. Pocas dudas caben,
sin embargo, que la desaceleración inflacionaria se basa en la reducción de la
actividad económica como producto de una caída del consumo. Entonces, es bueno
pero insuficiente.
El gobierno está, pues, en mora.
Una mora que no se recupera con más de lo mismo, sino con una acción franca
sobre los jueces que amparan el delito. De apurado –tarifas, integración de la
Corte, candidatura en la ONU, promesas de inversión externa, retenciones,
holdouts, cepo cambiario- pasó a lento –fallos de la Corte, amparos sobre las
ventas de acciones del ANSES, desafíos callejeros K- en pocos meses.
La oposición
Del
otro lado, la lentitud dio paso a la acción y al apuro. Para algunos, se trata
de ganar presencia en vistas de la próxima elección legislativa. Para otros, en
cambio, la prisa proviene de la necesidad de desestabilizar al gobierno para
evitar las condenas por corrupción.
Cristina
Kirchner, Hebe de Bonafini, Amado Boudou, Aníbal Fernández, Lázaro Báez,
Cristóbal López, José López, Ricardo Jaime, Ricardo Echegaray, Julio De Vido y
el diputado nacional Máximo Kirchner, precisan, necesitan y harán todo lo
posible por un cambio de gobierno lo antes posible.
Están
apurados. Si bien el gobierno les regaló una actuación suplementaria con el
desaguisado de las tarifas, saben que a la corta o a la larga el problema
quedará superado y que su activismo militante ya no convence a nadie, con
excepción de un porcentaje de quienes ya están y estuvieron convencidos.
En
otras palabras, el desprestigio es tal que solo la pasividad del gobierno y el
compromiso de algunos jueces aún les permite continuar en libertad.
Claro
que todo fenómeno –tumor, en este caso- que se deja crecer finalmente hace daño
mayor. De aquel acto en Comodoro Py, a la desobediencia judicial de Hebe de
Bonafini, a los cortes de rutas, a la ocupación de predios, a la agresión al
presidente de la República, a la convocatoria –pobre- a la Plaza de Mayo, el
kirchnerismo alcanza un protagonismo, sobreactuado sí, pero que no estaba en
los planes de nadie.
Ya
no los paralizan los nuevos descubrimientos de su andar delictual. Ya ni se
preocupan por los millones que se fugaron de país en lo que se dio a llamar el
Cristileaks, o en las declaraciones falsas de comercio exterior de la Aduana, o
en el hotel perdido de Cristina Kirchner o en los traspasos a sus hijos, solo
momentos antes del embargo judicial.
Y
no los pueden paralizar mientras no se inicien los juicios orales y se dicten sentencias.
Al
costado queda el resto del peronismo, en una carrera casi desesperada por
diferenciarse de los K y de reasumir un rol protagónico como si nada hubiese
pasado.
En
esa carrera, Sergio Massa lleva la delantera. Ya logró hacer olvidar que fue
titular del ANSES y jefe de gabinete de ministros de Cristina Kirchner. Es más,
lo fue en épocas en que producto de la energía regalada, se perdió –casi
definitivamente- el auto abastecimiento de gas y de petróleo.
Pero,
Massa, por dos veces consecutivas, confeccionó boleta propia para enfrentar al
kirchnerismo y ello le valió un lugar de privilegio en la actual oposición.
La
pregunta de fondo consiste en saber si Massa adhiere al republicanismo o si
mantiene su adhesión al populismo. Hasta aquí, autocrítica no hizo. Por lo
tanto, es dable imaginar que ni muy muy, ni tan tan.
De
allí que su problema principal, como señaló Durán Barba, radique en la
credibilidad que despierta que no es poca pero que hasta aquí no le fue
suficiente.
Luego
vienen dos ligas. La de los gobernadores, renovada y remozada, por los nuevos
mandatarios provinciales que se juntan con un adelantado, el salteño Juan
Manuel Urtubey, por un lado. Y la de los intendentes del GBA, con Martín
Insaurralde y Gabriel Katopodis, a la cabeza, hoy por hoy pivoteando sobre un
rol provincial.
En
el medio quedan figuras gastadas como los conductores provisorios del Partido
Justicialista, el sanjuanino José Luis Gioja y el “bonaerense” Daniel Scioli.
Ninguno
pudo, de momento, superar la perfomance de Massa. Todos ellos detentan cargos
ganados con la boleta del Frente para la Victoria. Todos se abrieron del
kirchnerismo recién cuando Daniel Scioli perdió la presidencial.
Síntesis
Salvo
el kirchnerismo, cuyo apuro no es electoral sino judicial, el resto de las
fuerzas políticas, gobierno y oposición, se enredan en un juego con vistas a
las legislativas del 2017, sin reparar que, para la ciudadanía, ese momento es
un algo distante.
Para
el peronismo se trata casi de una interna sin los K. La controversia es para
definir quién es el nuevo líder al que habrá que rendir tributo sin importar
demasiado si va para la derecha, el centro o la izquierda, con tal que
garantice un retorno al poder.
Para
el gobierno, se trata de sortear su actual debilidad legislativa sin la
necesidad de recurrir permanentemente a un mercadeo de alianzas para aprobar
proyectos.
En
el mientras tanto, hace falta gobernar, y gobernar bien, con la menor cantidad
de pasos en falso posible.
Después
de todo, para eso y no para otra cosa, la ciudadanía elige sus gobernantes.

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